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¿Nueva estética para una nueva época?

[Escrito por Salvador Carbo y publicado en revista Amalgama y revista Buena Nueva]

Ciertamente vivimos en un tiempo apasionante, con grandes cambios y fuertes contrastes. Con muchísima frecuencia corremos el peligro del desánimo ante una puerta cerrada, sin reconocer que nos encontramos, más que con una cerrazón, ante una nueva posibilidad que, sí, nos es desconocida e incierta, pero supone una nueva oportunidad que nos hará experimentar y vivir una realidad nueva y enriquecedora para nosotros.

Partiendo desde aquí, querría exponer la concepción estética y ética que hoy me anima a intentar abrir la puerta que me encuentro enfrente. El primer hecho que constatamos en este tiempo es una gran separación —¿podríamos decir “abismal separación”?— entre el arte y la gente: es verdad que hay algunos que se dedican de una forma profesional al “negocio del arte”, pero muchas veces aparecen como una especie de club selecto con una sensibilidad excepcional, separada y superior respecto al resto de los mortales. Personalmente no pienso ni creo que sea así: por un lado estoy agradecido, y no lo ocultaré, por poder participar de esta “vocación” que es el arte, en concreto para mí la música, pero que más que un privilegio es un servicio, un regalo para el otro; y, por otro lado, soy absolutamente igual que otro, de ninguna manera por encima de nadie.

Entonces, ¿en qué consiste la tarea del artista? Supongamos por un momento que nos encontramos en una sala a oscuras y hay uno que sabe dónde esté la ventana, se acerca, levanta la persiana, aparta las cortinas y los rayos del sol inundan la estancia con su luz y calor. Este puede ser el artista, que participa total y radicalmente de la misma situación existencial y que, a la vez, intuye una realidad que le supera y de la cual todos necesitan participar. Así, podríamos afirmar que la “vocación” o llamada fundamental es la de acercar la Belleza para que nos “alimente” su luz y calor. Tantísimas veces no es más que un pálido reflejo, pero tan necesario y beneficioso para todos nosotros, que vale la pena —aun con mucha precariedad— el realizar este intento, a pesar de las exigencias que ello conlleva (estamos pensando en el duro trabajo al que debe someterse y la responsabilidad que debe afrontar, sin dejarse arrastrar por la búsqueda de la gloria, que es vana, o el afán de riquezas, que no dan la felicidad).

ética y estética son una

Unas veces hemos concebido el arte como una copia de la realidad y, otras, como una manera de alienarse, cuando su función fundamental y primordial es acercarnos la transcendencia. Para ilustrar esto qué mejor que dos pinturas. Al fijarnos en la de la izquierda, la “Última Cena” de Leonardo da Vinci, nos damos cuenta de que el punto de fuga va hacia lo profundo del cuadro, como invitando a ir para allá; es notable la diferencia respecto a la “Trinidad” de Andrei Rublev, la pintura de la derecha, en la que hay un aspecto que nos llama la atención respecto a la perspectiva: el punto de fuga está invertido. O sea, al prolongar las líneas nos encontramos con que, en cierto modo, la imagen viene a nosotros, nos trae lo que ella mismo significa.

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Partiendo pues de esta concepción del arte y, avanzando un poco más, consideramos que es fundamental el contenido de la obra, por lo que se establece una relación entre la estética y la ética, lo bello y lo verdadero, la Belleza y la Verdad. Ciertamente, constatamos en nuestro trabajo diario que la manera con que un joven estudiante de piano, por ejemplo, cuando emprende el estudio y sobre todo la interpretación en público de una obra, esta viene condicionada, reforzada y mejorada cuando capta el contenido de la misma y lo intenta hacer suyo y transmitir. Así pues, observamos que debe haber cierta inteligibilidad del mensaje, aun siendo conscientes que la potencia estética traspasa la razón y llega a zonas más profundas, siendo esta una de sus riquezas.

Si buscamos alguno de los motivos que provocan la separación antes mencionada, y acotándola a la música —disciplina a la que me dedico— encontramos la gran dificultad que existe en escuchar; la incapacidad de prestar atención más de tres minutos, por lo que nos urge encontrar un lenguaje y recursos que nos permitan, contando con ello, vencer esa barrera.

Así pues, vemos importante el buscar un lenguaje sencillo, que no simplón, utilizando los recursos de los que disponemos en la actualidad pero no sobreponiendo el alarde técnico del músico a la propia música pues podemos ahogar con este deslumbre a la misma música, por lo que incluso puede resultar conveniente el “esconder” la dificultad inherente y presentarla con naturalidad, quitando de esa manera un obstáculo para el oyente.

comunión, la máxima perfección

Otra punto a tener en cuenta es el darle variedad al discurso musical, para lo cual pensamos que la duración de las piezas no debe ser excesiva, prefiriendo confeccionar una obra conformada por varias piezas que en su conjunto presenten una unidad, que el realizarla de un solo movimiento y larga, facilitando así su escucha y mejorando la capacidad de atención. Otro elemento que la enriquece es la variedad tímbrica, es decir, el uso de varios instrumentos o efectos sonoros, consiguiendo así crear una tensión y expectativa en el oyente y buscando despertar la sorpresa y posibilitar el asombro.

Para finalizar, querríamos referirnos a los participantes en el hecho musical. Podemos hablar del creador, en nuestro caso el compositor, el que idea y escribe la obra. Si bien es cierto que también nos referimos al intérprete, que viene a ser como un recreador en la medida en la que es él el que da vida a la obra (es evidente que si te muestro la partitura de la quinta sinfonía de Beethoven en sí misma no es más que un papel con manchas negras y no me podrás decir qué te parece hasta que la orquesta empiece a tocarla). ¡Son los músicos los que “encarnan” la escritura!

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Pero esto no es completo, falta otro elemento fundamental: el oyente es parte integrante de la misma interpretación, es más, es el destinatario para el que está hecha, con quien había pensado el compositor para ofrecérsela como un regalo por medio del intérprete. Y hemos constatado en varios proyectos que hemos compuesto y realizado los últimos años (estoy pensando en “El pastor y el lobo”, un relato musical que hicimos el curso pasado, y en “Yo soy para mi amado”, estrenado recientemente) que el hecho de contar con jóvenes intérpretes derriba otra barrera en cuanto a los prejuicios de si los artistas son gente distinta: la disposición y apertura del oyente es mucho mayor al contemplar y oír a un “cuerpo” con varios miembros de distintas edades y condiciones. Y, más aún, en el oyente brota una admiración al contemplar la obra y surge la gratitud hacia el compositor, de manera que se produce lo más difícil todavía al entrar en relación todos los participantes y darse entre ellos de alguna manera la “común-unión”.

Pensamos que este aspecto es el básico de la expresión artística, por el que hay que trabajar, investigar, caminar, pese al riesgo de los tropiezos y equivocaciones que puedan darse, pero por el que toda la labor cobra sentido y merece la pena. Con lo cual, podemos establecer que, siendo importante el planteamiento conceptual, la perfección técnica y la actitud receptiva, la máxima perfección es la comunión, el amor.

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Participantes en el preestreno de “Yo soy para mi amado”, en marzo de 2015

Estreno de “Minimal Reflections” para piano

Reseña de la audición del 26 de noviembre de 2014. Muchas gracias por los comentarios, Claudio, y me alegro que te gustara.

CLAUDIO CARBÓ, pianista

Ayer se estrenó en el Conservatorio de Oliva la obra Minimal Reflections, interpretada por varios alumnos de la clase de Salvador Carbó, autor de la misma, durante la audición de aula del primer trimestre de este curso académico.

112714_2214_EstrenodeMi2.jpgEsta preciosa y minimalista obra consta de cuatro breves movimientos: peaceful, serene, cordial, tender, que despojados de todo artificio, consiguen encontrar y acercar al oyente la transparencia y caricia musical con los medios justos de instrumento y pianismo.

Fue un privilegio poder escuchar de manos de diferentes y jovencísimos alumnos su acercamiento a esta obra tan próxima a estéticas exploradas por grandes autores del piano moderno y contemporáneo como Debussy, Bartok, Mompou o García Abril.

Nuestra más emotiva enhorabuena y a la espera de conocer nuevas composiciones en los próximos meses.

Para disfrutar de las cuatro piezas en interpretación del propio compositor:

Más información en Minimal reflections

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¿Quién es artista?

Por Rodolfo Papa*
ROMA, martes 12 de octubre de 2010 (ZENIT.org).- ¿Qué quiere decir "ser artista"? ¿Quién es artista? En el mundo contemporáneo ha surgido la opinión de que la de artista no es una condición particular, sino que todo el mundo es un artista, ya que no sirven talentos ni formación, sino que el único ingrediente necesario sería la creatividad libre de todo esquema. En las biografías de muchos artistas del siglo XX, surgen también hábitos desordenados, actitudes excéntricas, comportamientos autodestructivos, hasta tal punto que pareciera que ese tipo de vida fuera un ingrediente necesario para reconocer al verdadero artista, ya sea un pintor, un escultor, un músico o un poeta.

Pero más allá de estas posiciones, evidentemente poco consistentes, permanece la pregunta: ¿quién es el artista? A ello podemos añadir una pregunta posterior, fundamental para nuestras reflexiones: ¿quién es el artista cristiano? En el arte cristiano, o en el arte que está al servicio de la Iglesia y que durante siglos ha sido capaz de anunciar a Cristo y alzar un himno de alabanza a Dios a través de inestimables obras, ¿hay reglas o principios que identifican la identidad profesional, moral y espiritual del artista?

Podemos encontrar una ayuda para nuestra reflexión en el Libro di pittura [Libro de pintura, n.d.t.] escrito por Cennino Cennini a finales del siglo XIV; éste injerta la historia del nacimiento del arte en los acontecimientos de la creación narrados en el libro del Génesis, y establece una reflexión de la práctica artística de tipo moral: el arte no se consigue con sed de lucro, ni por vanagloria, sino con una humildad y una perseverancia tales como para soportar todo sacrificio necesario para aprender todas las reglas y poner en práctica todos los principios.

Puede encontrarse más ayuda a la reflexión en el Libro di pittura [Libro de pintura, n.d.t.] de Leonardo da Vinci, o en la recopilación póstuma de sus apuntes y de sus estudios realizada por el alumno Francesco Melzi y de la que tenemos una copia en el Codice Urbinate 1270 conservado en la Biblioteca Vaticana, del que Carlo Pedretti proporcionó una edición crítica en 1995. Leonardo indica al artista un camino de formación técnico y moral, en el que tienen una función fundamental las reglas y los principios llevados a la práctica hasta convertirse en virtud. Las certezas de Cennini y de Leonardo se apoyaban en una sólida tradición, que no ponía en duda la importancia de las reglas de formación. En la antigüedad, podemos encontrar ejemplos notables de ello en Vitruvio y Plinio, pero también en Columela en lo que se refiere al arte de la agricultura. Se trata de una tradición que, con innovaciones y replanteamientos, llega hasta el siglo XX, atestiguada por innumerables tratados.

De esta tradición podemos extraer la importancia del binomio arte y normas, y sobre todo podemos comprender lo liberador que resulta realmente ese enfoque para la creatividad del artista. En la larga historia de las artes, las normas han desempañado la importante función de formar a los artistas, de hacer crecer sin oprimir, de soltar sin atar.

Las normas trazan un recorrido, haciendo accesible una técnica que puede convertirse en la base de la acción, la condición de posibilidad para el crecimiento. Hoy, logramos entender la importancia de la técnica y de sus normas sólo en ámbitos muy restringidos; un ejemplo muy divulgativo se refiere al mundo del deporte: en el atletismo, el buceo, el ski, el fútbol,… la buena ejecución lo es porque es también un gesto técnico. De hecho, sin una adecuada preparación técnica, no se puede practicar ningún deporte.

En el ámbito de las artes los ejemplos se hacen más difíciles. En la música sigue siendo más evidente la necesidad de poseer el lenguaje y su técnica; en el ámbito de la pintura, en cambio, las reglas del mercado han tomado la delantera, ayudadas por los críticos que teorizan que el arte no debe tener más vínculos ni principios que los -imperantes pero no especificados- del mismo mercado. Así es como la tan reclamada libertad del artista de toda norma se traduce a menudo de manera paradójica en dependencias de tipo no-artístico, como el alcohol, las drogas u otras relaciones que coartan radicalmente la libertad de la persona, ofuscando la razón. Por otra parte, las teorías artísticas que destacan con una cierta obsesiva recurrencia que el artista es un ser inadaptado y solitario, acaban casi por prescribir el malestar psíquico y existencial como un requisito fundamental. Así, el arte que debe dar la felicidad se convierte en un laberinto de dolor, totalmente atravesado por el ansia de éxito. De esta manera, a la figura del artista se superpone la de Fausto dispuesto a hacer pactos con el Diablo, o la de Prometeo, que desafía a los dioses para robarles el fuego.

El centro del recorrido creativo del artista, en un contexto así, es el mismo artista. En un total egoísmo, el arte expresa el yo del artista y nada más. Si lo pensamos bien, en cambio, comprendemos que el artista, para serlo, debe poseer las reglas de su oficio, y que el presupuesto para romperlas y superarlas es conocerlas con precisión. Además, el malestar y la perversión no se le piden al artista en cuanto tal, sino sólo al artista tal y como es teorizado por algunos críticos y por algunos comerciantes contemporáneos.

Si estas observaciones valen para el artista en general, todavía más para el artista cristiano. ¿Se puede hablar de Cristo a partir de estas posiciones teóricas y llegar a las cumbres del arte sacro cristiano? ¿Puede el artista que trabaja para la Iglesia ser identificado con el libertinaje, la ignorancia de su oficio, el narcisismo? No estamos hablando de un juicio sobre la vida del artista, porque esto no debería interesar al historiador ni al teórico del arte, sino que estamos reflexionando precisamente sobre las obras de arte, sobre la posibilidad de que sin una formación técnica y artística, y sin virtudes cultivadas, se puedan producir obras bellas adaptadas a la oración y a la liturgia.

Además, añado una consideración más importante, y es que para trabajar para Cristo, a todo nivel y en todo ámbito, es necesaria una adhesión al mismo Cristo. Con mucha claridad, Joseph Ratzinger explica que la sacralidad de la imagen implica la vida interior del artista, su encuentro con el Señor: "La sacralidad de la imagen consiste precisamente en el hecho de que ésta deriva de una visión interior y así conduce a una visión interior. Debe ser fruto de una contemplación interior, de un encuentro creyente con la nueva realidad del Resucitado y, de esta manera, debe introducir nuevamente en una mirada interior, en el encuentro orante con el Señor" (Joseph Ratzinger, Teologia della liturgia [Teología de la liturgia, n.d.t.] Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 2010, p. 131). Añade también que "la dimensión eclesial es esencial en el arte sacro" (ibid.), destacando que el artista cristiano no puede vivir fuera de la Iglesia misma.

Jesús en el Evangelio de Lucas nos advierte: "donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón" (Lc 12,34). Si nuestro tesoro no es Cristo, sino que somos nosotros mismos, nuestros vicios, el éxito, entonces no se tiene el corazón apto para la producción de obras de arte sacro. Todavía nos enseña Jesús que "ningún criado puede servir a dos señores (···).

* Rodolfo Papa es historiador de arte, profesor de historia de las teorías estéticas en la Facultad de Filosofía de la Pontificia Universidad Urbaniana de Roma; presidente de la Accademia Urbana delle Arti. Pintor, miembro ordinario de la Pontificia Insigne Accademia di Belle Arti e Lettere dei Virtuosi al Pantheon. Autor de ciclos pictóricos de arte sacro en diversas basílicas y catedrales. Se interesa en cuestiones iconológicas relativas al arte del Renacimiento y el Barroco, sobre el que ha escrito monografías y ensayos; especialista en Leonardo y Caravaggio, colabora con numerosas revistas; tiene desde el año 2000 un espacio semanal de historia del arte cristiano en Radio Vaticano.